23 octubre 2017

Train à Kyoto

Después de una semana llena de “altos” y “altos” (mi excitación “tokyoita” no va a terminarse pronto… hasta el día de hoy tengo esa extraña y enferma necesidad de regresar), decidimos empacar nuestras cosas y tomar el Shinkansen a Kyoto.
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Como lo expliqué en una de mis publicaciones anteriores, la mejor manera de moverse de una ciudad a otra en Japón, es gracias al Japan Rail Pass,el cual a parte de las economías que te hace realizar, te da una flexibilidad loca para moverte dentro del país y dentro de sus ciudades (Dormir en Osaka y visitar Kyoto al día siguiente? Cuenten con el Japan Rail Pass, quien permite que se metan en el Shinkansen que los lleva de una ciudad a otra en 15 minutos, aproximadamente… Créanme, de haberlo sabido, habría reservado un Airbnb en Osaka durante una semana e ido a Kyoto a diario).
Por otro lado, está la Suica, la cual, aunque no lo parezca, nos salvó de muchos apuros en Japón, porque sí, a diferencia de las tarjetas de transporte de este lado del mundo, la Suica funciona en todas las ciudades y para muchas cosas (no únicamente para el transporte).
Al llegar a la estación de tren, todo fue tan rápido que hasta tuvimos tiempo de comprar nuestros “ekiben” (o bentos de tren) y escoger relajadamente dónde poner nuestras maletas.
Nuestra alegría y relajación terminaron (y no sólo las nuestras, sino que también las del señor japonés que iba a nuestro lado), sin embargo, cuando un grupo de gringos entró al vagón. Fueron las 2 horas más molestas de nuestro viaje, entre gritos de bebés, gritos de adultos y pláticas sin interés a volumen alto.
Nuestro consuelo fue, evidentemente, nuestro ekiben de tonkatsu, tomatitos, arroz y ensalada de papa. El enigma: un tercer ekiben que nunca supimos de dónde salió (Lost in Translation?).
Al llegar a Kyoto, la lluvia se instaló y aunque no lo crean, no dejó de llover en todo el día. El mal humor empezó a hacernos signos cuando llegamos a los “lockers” de maletas y nos dimos cuenta de que todos estaban llenos. La idea de cargar nuestras mochilas por todo Kyoto y sus suburbios, no era algo que nos emocionara, particularmente.
Ah! Y no hay que olvidar el transporte. Porque si bien ya nos habíamos acostumbrado a la red de transportes “tokyoita”, volvimos a empezar de 0 al llegar a Kyoto…
En fin, gracias al PocketWifi y a Google Maps, pudimos llegar a nuestro Airbnb/Guesthouse en Fushimi, la ciudad de los viejitos bolos aledaña a Kyoto, y para la cual, obviamente, no había manera de llegar con nuestro Japan Railpass (querida Suica, salvadora de la vida), haciendo que nuestro presupuesto explotara (Insisto en que debí informarme más y quedarme en Osaka).
Nuestro cuarto no nos emocionó sinceramente, pero Fushimi era una ciudad bonita y encantadora, que desgraciadamente, no tuvimos tiempo de explorar debido a la maldita lluvia.
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Sin perder el tiempo, tomamos nuestro tren hasta el Fushimi Inari Taisha, el famoso templo de los zorritos y los mil toris, al cual llegué increíblemente decepcionada por culpa de la lluvia. Por suerte, la belleza del lugar, hizo que el estado del tiempo fuera lo último que recordara de mi visita: la lluvia, por muy molesta que fuera, le daba algo de misticismo al templo y pues, mi sombrilla de Uniqlo se encargó de hacer que la visita fuera lo más placentera posible.
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Digamos que al menos, no me encontraba en la situación súper incómoda de esas muchachas en kimono (experiencia que les relataré en el siguiente post).
El día terminó en un restaurante de comida rápida japonés, en el que me sentí muy orgullosa de mí misma por haber podido comunicarme patéticamente con un mesero (mis aprendizajes de cocina japonesa fueron más que útiles al escoger mi aderezo de ajonjolí o goma).

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