13 mayo 2017

Día 5 - Jökulsárlon: je t'aime, moi non plus

Una de las ventajas de visitar Islandia durante el invierno es que los días son tan, pero tan cortos que el acostarse temprano no es un problema. Así que descansás y esas cosas. Pame logró hacerlo, yo, en cambio...

Mi problema fue más que nada que al ver las previsiones meteorológicas del día, todo parecía ser favorable para que las benditas auroras boreales aparecieran.
Así que durante la noche del día 4, me inscribí en la lista de "personas que quieren ser despertadas si hay alguna luz verde en el cielo", y decidí no dormirme hasta tarde, muy tarde...

¡Mala idea! ¡Malísima idea! Las auroras nunca llegaron, y lo único que trajo la noche con fue una tonelada de nubes repletas de maldita lluvia...

Así que empezamos el día de esa manera (¡Pero con desayuno gratis, al menos!) y nos dirigimos a los glaciares de Jökulsárlon, situados siempre al Sur de Islandia.

















Confieso que tuve muchas expectativas de este viaje, o sea, ¡Iba a visitar un glaciar! ¡Iba a tener una "probadita" del Àrtico y esas cosas! Pero mi decepción fue grande cuando lo único que vi fue glaciares pequeños, a punto de derretirse. 
Supongo que en Invierno, los paisajes son más dramáticos e imponentes, pero al menos en ese momento, parecían un chiste. 

Y no digamos la gente ridícula que se encontraba en el lugar. Primero, un grupo de personas durante una photoshoot en el que la mujer estaba más descubierta que yo en Verano. Sinceramente, no entendí mucho por qué hacer una sesión fotográfica de esa manera... Fue un concepto bastante extraño.

Por otra parte, estaba rodeada de gringos estúpidos que tiraban piedras volcánicas como pendejos. ¿Supongo que era para ahuyentar a las focas que se encontraban en el lugar?
(Mi odio por la humanidad en ese momento, pudo haberse explicado por la lluvia interminable).

En todo caso, sí, las focas fueron quienes le dieron su belleza al momento. Jökulsárlon está repleto de ellas, y es demasiado hermoso ver a estos simpáticos seres nadar de un lado a otro.

















Intenté mejorar mi humor del día visitando la playa de los diamantes que se encontraba justo al lado, pero lo único que conseguí fue empaparme de pies a cabeza (porque sí, amigos, las pequeñas olas no dejarían irme sin antes dejarme un pequeño recuerdo en mis calcetines).
Pero no se puede negar que este lugar es impresionante, con su playita negra decorada de pequeños (y grandes) pedazos de hielo.

















Finalmente, tomé mi mal humor y me largué después de tomarme un "café de thermo", pero no sin antes seguirme empapando y capturando algunos recuerdos en el camino.

















También hicimos una parada en Skaftafell, y curiosamente, ahí todo cambió por completo: la lluvia se fue, los idiotas también, y sobre todo, el glaciar se presentó tan hermoso como lo esperaba... ¡Y esa caída de Sol!

































Agreguémosle a todo esto una hamburguesa enviada por el cielo (más grasosa que nada) y el día terminó con su perfección deseada.

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