02 noviembre 2017

Los venaditos de Nara

Recuerdo que cuando era niña, tenía esta concepción de que los animales y la naturaleza en general eran algo inalcanzable, parecido a un tesoro cuyo valor excedía el de cualquier otra cosa. Mis papás tenían que pasar horas consolándome porque el ver un poco de humo en la montaña, ver un perrito en la calle, o que me dijeran que nunca iba a tener la posibilidad de conocer a algún animal, me provocaban esos berrinches que tan poco ellos soportaban.

En mi adolescencia, las cosas cambiaron: empecé a obsesionarme con los humanos, en querer ser aceptada por ellos. Pasaba horas escribiendo “chismógrafos” para estar segura de que X o Y me consideraban su amiga.

Aún cuando vine a vivirme a Francia, me sentía atormentada al pensar que no tenía amigos, que el estar sola era mi castigo por mi forma de ser.

Pero un día llegó Aston - el perrito de un amigo de Pame – y las cosas empezaron a cambiar en mi manera de pensar. El cariño desinteresado que éste me dio y las cosas que éste me enseñó me hicieron recordar que para tener magia no necesitaba buscar a mis congéneres, que ésta ya no se encontraba en esa masa de seres aburridos.

Y así fui buscando de nuevo mi “alegría” con otros seres vivientes. Insistí en convivir con ellos, en sus hogares, en sus ciudades.

Los monos de Lopburi. Los elefantes de Kanchanaburi. Los venados de Nara.

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26 octubre 2017

Cherry blossom girl moment

Uno de mis grandes sueños, antes de ir a Japón, era experimentar, al menos por un día, lo que era una vida dentro de un kimono. ¿Y qué mejor momento que mi viaje a Kyoto, durante la temporada de cerezos en flor?
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23 octubre 2017

Train à Kyoto

Después de una semana llena de “altos” y “altos” (mi excitación “tokyoita” no va a terminarse pronto… hasta el día de hoy tengo esa extraña y enferma necesidad de regresar), decidimos empacar nuestras cosas y tomar el Shinkansen a Kyoto.
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12 octubre 2017

Cuando Odaiba te decepciona, pero Ginza y Shibuya salvan el viaje

Interrumpí mi relato japonés para llenar mi blog de un mar de estrés y depresión, pero tomando en cuenta que el origen de mis tristezas ya ha sido eliminado (hasta que venga otro), seguiré con mi cuentito japonés.
Los últimos días de mi semana “Tokyota” se caracterizaron por darme la oportunidad de hacer cosas y al mismo tiempo no hacer nada.
Mi buen humor crecía, al mismo tiempo que las flores de cerezo, y el jet lag había desaparecido completamente, permitiéndome al fin aprovechar de mi soñado viaje.
Hablando de sueños, uno de los más grandes que tenía al ir a Tokyo era conocer en persona la estatua gigante de Gundam, ésa que se encuentra en Odaiba. No porque sea gran fanática Gundam, pero cuando me dijeron que era una estatua que echaba humo y todas esas cosas, mi geek interno no pudo retenerse.
Así que atravesamos Tokyo entero para llegar a Odaiba, nos tomamos fotografías en el lugar, hablamos felizmente con una francesa y reímos durante muchos minutos.
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HASTA…

29 septiembre 2017

Forget about it...



Cualquiera diría que ya no tengo la edad para este tipo de dramas, que el vivir en un estado de “fatalidad eterna” es para niñas “emo” de 15 años y no para señoras de más de 30. Y sinceramente, aunque no quiera aceptarlo, debo decir que estoy completamente de acuerdo, que ya no tengo ni tiempo ni energía para todo esto.

No sé cómo llegué a esto. No sé si fue mi depresión post-viaje a Japón o si simplemente dejé que todas mis inseguridades, ésas que llevo cargando sobre mis hombros durante más de 31 años, fueran las que quebraran mi espíritu de nuevo. Lo que sí sé es que después de mi viaje a Japón, empecé a hundirme en una tristeza y en un cansancio inexplicables.

28 septiembre 2017

Estado amoroso: es complicado

Una de las óperas que más ha marcado mi patética existencia es Les Contes d’Hoffmann, de Offenbach.
El día en el que al fin tuve la oportunidad de verla, llegué a la sala de la Opera de París esperando a ser sorprendida por Olympia y su aria de la muñeca, pero finalmente fue Antonia quien tocó mi corazón.


22 septiembre 2017

Concurso de entrada al conservatorio - Parte 2

Dos mil diecisiete, el año de mis fracasos musicales en serie.

El año en el que decidí no escuchar a mi intuición y a mis capacidades físicas y mentales, y decidí volver a intentar el concurso de entrada al conservatorio.

Supongo que el que mi profesor y mi ex compañera de canto me impulsaran a hacerlo, influyó mucho en mi decisión. Porque seamos sinceros, después de esta mediocridad (ver video de abajo), el querer volver a hacer este concurso es un riesgo muy elevado.




Podría poner muchas excusas. Podría justificarme diciendo que el aria del video es muy difícil, que trabajé demasiado causando, de esta manera, un cansancio extremo, que no me sentía segura, etc. Pero la verdad es que lo que cuenta es el resultado, y el resultado no fue brillante.

Para este concurso decidí sacar, sin embargo, la carta del “lobbying”, mejor conocida como la estrategia de “voy a encontrarme con la profesora muchas veces (quien, “casualmente”, es una de las jurados) y practicar muchas veces con Tatiana (quien resulta que también es jurado, de “casualidad” )”. “Coquetear” con dos jurados para llegar a mi fin… 2 jurados de 4… Quizás pueda contar con el apoyo de Tatiana, al menos. 1 jurado de 4…

No sé si me siento orgullosa de estas cosas, ya que para mí lo importante es que me escojan por mi talento y mi dedicación, no por andarle sonriendo a todo el mundo, pero bueno, ya es hora de que me baje de mi nube y usé todos los medios legales para ser aceptada.

El 30 de junio tuve mi primera pre-audición con la profesora de canto: dijo que cantaba con la garganta. Primer fracaso.
Ayer fue mi segunda pre-audición (cuántas pre-audiciones tengo que hacer? “Lobbying”, chicos, lobbying): la profesora, muy amablemente, me pidió que dejara de cantar. Fracaso número 2.

Todavía tengo una semana para mejorar. Tatiana practicará conmigo, y espero realmente que pueda salir algo bueno de todo esto.

Evito juntarme con gente para que el virus de resfriados que anda circulando por estos lados, no desee hacer casa en mí.

El 30 de septiembre es el día decisivo.

No tengo más que decir.

04 septiembre 2017

Nakano vs. Akiba

En cada viaje, hay un momento en el que sentís que el lugar que acabás de descubrir empieza a ser adoptado por tu ser, y va convirtiéndose en tu día a día.
Tokyo comenzó a convertirse en mi mini hogar ese tercer día. Pame y yo ya teníamos establecido nuestro trayecto de Setagaya a Shibuya, con el objetivo principalmente de ver la evolución del Sakura en el puente que quedaba a unos cuantos metros de nuestro Airbnb. Día 3: los botones estaban convirtiéndose en flores.
Tenía esa extraña sensación de que Tokyo iba adoptándome poco a poco a mí también.
Hermine (o cámara fotográfica) pedía “ojos” nuevos para apreciar lo que presenciaba y Japón era exactamente el lugar perfecto para adquirir un nuevo lente usado, pero de buena calidad y en buenas condiciones.
Aprovechando que Pame moría por visitar tiendas de juegos de video usados y de cosas de anime, tomamos nuestros metros hasta Nakano.
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09 agosto 2017

Lolita Makeover en Harajuku

Quienes me conocen saben que dentro de este caparazón de minimalismo y simpleza, habita un ser cuyo amor por los peluches rosados, los arcoíris, los cachorritos, los vestidos, los cheesecake de fresa y todo tipo de dibujo al estilo “Chibi”, lucha contra su odio por la humanidad, su eterno amor por los colores rojo y negro y su decepción permanente.
Esta combinación extraña - que representa una parte de mi personalidad - había estado reprimida exteriormente hasta el momento en el que puse mis pies en Harajuku y su cultura alterna-kawaii-anime-cosplayer-lolita-emo,etc.
Este barrio era uno de los lugares que más soñaba con visitar, mientras organizaba mi viaje. Sentía que al fin podría liberar ese deseo de ser un poco más “completamente” quien soy.
Y no me equivocaba, puesto que fue en Harajuku donde tuve la oportunidad de vestirme, durante 2 horas, como una lolita.
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03 agosto 2017

Senso-Ji (Asakusa) y Meiji-Jingu: tradición post jet lag

Tengo nostalgia. Nostalgia por mi días japoneses y mis momentos extremos a lo “Lost in Translation” en Tokyo, entonces vuelvo a vivir esos días dorados y florales de abril.

1ero de abril. Llego a Tokyo en la mañana, como a eso de las 11. Hacemos una fila, pequeña, en un cuarto que no llenó mis expectativas de ultra tecnología japonesa. Pero llevaba mis sueños y esas cosas.

Recogimos nuestro “Pocket Wifi” y buscamos inmediatamente nuestro tren a Shibuya, el cual parecía aún más limpio y más moderno que el TGV francés… “Amor a primera vista” me dije, y me quedé dormida como consecuencia del jet lag (olvido decir que un muchacho japonés fue muy amable con nosotras y llegó a ayudarnos al ver nuestras caras de perdidas en Tokyo).

Al llegar a Shibuya, las cosas se pusieron un poco críticas. Estaba ese plano de metro sobre nuestras cabezas, pero todo estaba escrito únicamente en japonés.

Traten de encontrar soluciones a esas situaciones con 8 horas de menos de sueño en su cerebro.
Supongo que teníamos apariencias de zombies porque una muchacha se acercó a intentar explicarnos qué pasaba con la máquina en la que estábamos comprando nuestros boletos (simple y sencillamente, la máquina no quería darnos nuestra 2da Suica porque estaba mala).

Decidimos entonces comprar nuestra 2da Suica en otra máquina, con mucho éxito por suerte, pero regresó el problema del plano de metro: ¿cómo demonios íbamos a hacer si no entendíamos nada de lo que estaba escrito?

Apretamos el botoncito para que un agente saliera de las paredes de la estación, pero nada, nunca salió el tal señor. (Sí, yo soñaba con que sucediera esto: https://www.youtube.com/watch?v=gWzhHInOiaY)

Decidimos ser un poco más tradicionales, y nos acercamos a un agente que no se encontraba dentro de los muros, y le preguntamos cómo llegar hasta “Ikejihiri-Ohashi”.

Como el señor no hablaba bien inglés, y nosotras aún peor japonés, éste, muy amablemente, nos llevó hacia la línea de metro que teníamos que tomar para llegar a nuestra estación de destino.

¡Bendita sean la educación y la amabilidad japonesas!

Al llegar adonde Nao, nuestros cuerpos se sintieron como en casa, inmediatamente. El apartamento era perfecto para nuestras almas “aventureras de lujo”: limpio, amplio, iluminado y sobre todo, cercano a Shibuya.

El que estuviera al lado de Shibuya fue toda una bendición, pues nos permitió premiarnos, desde la primera noche, con un Omuraisu – chicken nan ban y muchos regalos de Sailor Moon que quería autodarme.

Y bueno, Shibuya en la primera noche de estancia, siempre es impresionante.
Pero al día siguiente, después de atiborrarnos de “Melon pans” y cafés del 7-11, preferimos quedarnos en lo tradicional, y escogimos como lugar de visita al templo de Senso-ji.

04 julio 2017

Japón: o enamorarse por 2da vez

Japón es de esos lugares con los cuales soñás por mucho tiempo. Soñás con ir a visitarlos, pero todo te parece demasiado lejano como para convertirse en uno de tus destinos reales.

Aún me miro de 12 años, metiendo dentro de un sobre el dinero ahorrado mensualmente y mandarlo por correo a direcciones desconocidas y exóticas en Japón, y un mes después, recibir a cambio un libro lleno de hermosos dibujos con caracteres que por gracia del señor, identificaba a veces (Pero obviamente, nunca entendí lo que significaban).

Porque sí, señoras y señores, si bien no soy una “otako” o como ustedes quieran llamarlo, he sido una gran adoradora de la cultura japonesa: entre mi adoración por Sailor Moon a los 12 años (al punto de imitarla con el objetivo de convertirme en ella… No les digo cómo me puse cuando supe que su cumpleaños era un día después del mío), mi obsesión por Marie-Antoinette después de echarme en una sentada toda el anime de la “Rose de Versailles”, mi capacidad para comer todo lo que pareciera sushi, o mi experiencia en la cocina japonesa, puedo decir que tengo un gran amor por este país… y el visitarlo era uno de mis objetivos de vida.

Así que fue de esta manera que decidí, un día común y corriente, reservar mi viaje e irme durante la época más perfecta: Primavera.

¿Y saben qué?

Fue lo mejor que pude haber hecho en mi vida (en especial este año, en el cual las cosas no han sido tan perfectas como esperaba). Porque sí, me enamoré aún más de Japón. El estar cerca de esas cosas que sólo idolatraba con la imaginación, sólo pudo hacer más fuerte este amor.

27 junio 2017

Dia 6 y 7 – Skaftafell y Reykjavik

Después de la trágica experiencia en Jokülsarlón, obviamente vino el buen tiempo. Y el buen tiempo en Islandia tiene su magia, puesto que el día parece nunca terminar de empezar.
En otras palabras, se vive en una mañana de mas de 7 horas, pasando directamente a una noche sepulcral.

Como cualquier visita decorada con buen tiempo, nuestra visita en Skaftafell fue una de las aventuras más agradables del viaje.
A parte del buen tiempo, estuvo la soledad: el parque parecía vacío, y la presencia de los seres humanos sólo nos estorbaba durante máximos unos 2 o 3 minutos.
Por otro lado, los paisajes maravillosos con los que nos topamos nos hicieron creer de nuevo en la existencia de la “vida”.
Y cuando hablo de la “vida”, me refiero a esos momentos cuando los colores, los sonidos, lo que se respira, y todo ese tipo de cosas se combinan creando un torbellino que hace latir a tu corazón a 1000 por hora y te hace gritar internamente: “Aquí estoy! Aquí estoy!”.






















Pocas veces he sentido esto en mi vida adulta, y extrañamente, suele pasarme estando en cúspide de algún sitio, como cuando nos detuvimos unos minutos en La Tigra en el 2007 o cuando visité Les Vosges ese mismo año. 
Pero en Islandia me encontré abajo, al mismo nivel, en el mismo canal… Algo parecido a lo que sentí en el Desierto del Sahara, pero aún más complejo.






















Al dar las 2:00 pm, decidimos irnos y despedirnos de la belleza proporcionada por Skaftafell: 5 horas de recorrido nos esperaban para llegar a Reykjavik y tomando en cuenta que la noche se acercaba, preferimos no eternizarnos en el lugar.
A pesar de todo, decidimos hacer algunas paradas para tomar café, tomar fotos y apreciar por última vez lo que hacía que Islandia fuera Islandia para nosotras.




















El problema con esas paradas es que te atrasan en tu viaje, y cuando estábamos a unas cuantas horas de Reykjavik, la noche nos sorprendió de repente, dejándonos con nuestra ansiedad y una oscuridad completa.
Pero nuestra determinación a “sobrevivir” nos ayudó a llegar sanas y salvas a nuestro Airbnb, en donde un cuarto maravilloso, una “host” perfecta y unos pastelitos de arándonos nos esperaban con alegría.
Desgraciadamente, las auroras no llegaron tampoco ese día, pero ya estábamos tan cansadas que la verdad es que no nos importó.

Sin embargo, usamos la última energía que tuvimos el día siguiente en Reykjavik, donde la lluvia decidió cubrirnos de nuevo y despedirse de nosotras (razón por la que preferimos quedarnos más tiempo de lo debido en el Harpa).





















Y así clausuramos nuestro viaje a lo que nos maravilló por algunos días. Prometiéndonos que regresaríamos, que viviríamos de nuevo la experiencia cuando las condiciones meteorológicas fueran mejores.
Si les soy sincera, este viaje llegó en el momento adecuado, cuando mi cuerpo y mi alma estaban sedientos de un descanso de la civilización.
Realmente, es un destino que le aconsejo a todas las personas. Islandia, necesita estar presente en el alma de todo ser humano.

13 mayo 2017

Día 5 - Jökulsárlon: je t'aime, moi non plus

Una de las ventajas de visitar Islandia durante el invierno es que los días son tan, pero tan cortos que el acostarse temprano no es un problema. Así que descansás y esas cosas. Pame logró hacerlo, yo, en cambio...

Mi problema fue más que nada que al ver las previsiones meteorológicas del día, todo parecía ser favorable para que las benditas auroras boreales aparecieran.
Así que durante la noche del día 4, me inscribí en la lista de "personas que quieren ser despertadas si hay alguna luz verde en el cielo", y decidí no dormirme hasta tarde, muy tarde...

¡Mala idea! ¡Malísima idea! Las auroras nunca llegaron, y lo único que trajo la noche con fue una tonelada de nubes repletas de maldita lluvia...

Así que empezamos el día de esa manera (¡Pero con desayuno gratis, al menos!) y nos dirigimos a los glaciares de Jökulsárlon, situados siempre al Sur de Islandia.

















Confieso que tuve muchas expectativas de este viaje, o sea, ¡Iba a visitar un glaciar! ¡Iba a tener una "probadita" del Àrtico y esas cosas! Pero mi decepción fue grande cuando lo único que vi fue glaciares pequeños, a punto de derretirse. 
Supongo que en Invierno, los paisajes son más dramáticos e imponentes, pero al menos en ese momento, parecían un chiste. 

Y no digamos la gente ridícula que se encontraba en el lugar. Primero, un grupo de personas durante una photoshoot en el que la mujer estaba más descubierta que yo en Verano. Sinceramente, no entendí mucho por qué hacer una sesión fotográfica de esa manera... Fue un concepto bastante extraño.

Por otra parte, estaba rodeada de gringos estúpidos que tiraban piedras volcánicas como pendejos. ¿Supongo que era para ahuyentar a las focas que se encontraban en el lugar?
(Mi odio por la humanidad en ese momento, pudo haberse explicado por la lluvia interminable).

En todo caso, sí, las focas fueron quienes le dieron su belleza al momento. Jökulsárlon está repleto de ellas, y es demasiado hermoso ver a estos simpáticos seres nadar de un lado a otro.

















Intenté mejorar mi humor del día visitando la playa de los diamantes que se encontraba justo al lado, pero lo único que conseguí fue empaparme de pies a cabeza (porque sí, amigos, las pequeñas olas no dejarían irme sin antes dejarme un pequeño recuerdo en mis calcetines).
Pero no se puede negar que este lugar es impresionante, con su playita negra decorada de pequeños (y grandes) pedazos de hielo.

















Finalmente, tomé mi mal humor y me largué después de tomarme un "café de thermo", pero no sin antes seguirme empapando y capturando algunos recuerdos en el camino.

















También hicimos una parada en Skaftafell, y curiosamente, ahí todo cambió por completo: la lluvia se fue, los idiotas también, y sobre todo, el glaciar se presentó tan hermoso como lo esperaba... ¡Y esa caída de Sol!

































Agreguémosle a todo esto una hamburguesa enviada por el cielo (más grasosa que nada) y el día terminó con su perfección deseada.

28 abril 2017

Día 4 - Órganos de arena negra en Vik y "maravillación"

El día no parecía, al igual que los precedentes, querer tener ningún tipo de clemencia con nosotras. Debo confesar que hubo un punto en el que la lluvia dejó de ser una preocupación y empezó a formar parte de nuestro vivir.

Sin embargo, al salir de nuestra guesthouse en Sólheimahjáleiga, recibimos una sorpresa: un rayo de sol. Un rayo de sol que nos permitió tener un poco de esperanzas sobre este día tan especial, en el que visitaríamos uno de highlights del viaje: las playas de arena negra aledañas a Vik.

Entonces, nos subimos a Jimmy y dejamos que los colores del cielo islandés se encargaran de maravillarnos con cada kilometro que recorríamos.














































La soledad de los lugares, y sobre todo su belleza natural constitutían el escenario perfecto para nuestras historias. Sin exagerar, puedo afirmar que hacíamos grandes esfuerzos para no detenernos a cada centímetro que recorríamos, para tomar fotografías. Era antinatural el no querer capturarlo todo en nuestras cajitas de luz.

¿El momento en que nuestra "maravillación" llegó a su cúspide? - El momento en el que aparcamos a Jimmy frente a la playa de arena negra.















































Si pudiera describir con palabras o aún con fotos la belleza e imponencia de este lugar, no me encontraría así de frustrada. Pero el encontrarme así, dándoles esta descripción tan mediocre de lo que fue el escuchar el golpe fuerte de cada ola, el viento que llevaba todas nuestras preocupaciones, nuestros pies que dibujaban nuestra presencia en este lugar, me mata. Simplemente me mata.

Pame y yo decidimos no escuchar los consejos que se nos habían dado y decidimos ir a dar una vuelta rápida al pueblo/ciudad de Vik. Y obviamente, no nos arrepentimos, en especial porque tuvimos la oportunidad de ver la playa desde otro ángulo, y al mismo tiempo pudimos visitar otra playa, aún más sola, aún más bella...

Al mismo tiempo, utilizamos nuestro encanto "latinoamericano" y recibimos con mucha alegría los cumplidos hechos, por un vendedor, a nuestras sonrisas.
















































Esta última playa se pintó como el lugar perfecto para comer nuestros sandwiches y tomar nuestros cafés de thermo, mientras mirábamos el día pasar.
Escuchar las olas con cada sorbo de café, con ese sol que nunca termina de levantarse ni de acostarse, todo eso, compensó los días lluviosos a los que tuvimos que enfrentarnos.

Cuando ya el café nos aburrió decidimos tomar camino hacia nuestro hotel cercano a Skaftafell para aprovechar que el sol decidió poner un poco de color a nuestras vidas.

Encendimos el auto, pusimos "What's up" (porque sí, miramos Sense8) y manejamos, deteniéndonos en todos los rincones, viviendo en lo que sólo nuestras imaginaciones pudieron concebir algún día.





















































































Y terminamos nuestro día perfecto, en el hotel perfecto en medio de la nada, tomando cervezas islandesas perfectas, esperando que nuestra visita a Jokulsarlon, el día siguiente, fuera igual de perfecta.



































18 abril 2017

Día 3 - Impermeabilidad y cascadas

Mi piel, mi alma, mi conciencia se han envuelto últimamente de esta materia impermeable. Ya no siento, ya no sueño, ya no deseo.
Me he convertido en una especie de material industrial cuyo propósito es únicamente de naturaleza práctica.

Sin embargo, el haber entrado en "Jimmy" ese día y recorrido parte del Sur de Islandia desde horas tempranas de la mañana, agujerearon este escudo, mostrándome que por dentro existían siempre este mar, este río, estas cascadas...

Decidimos tomar el auto y manejar bajo la lluvia, confiando en que en Selfoss o en otro lugar encontraríamos algún Bonus con el que reaprovisionarnos. Y tuvimos mucha suerte puesto que el Bonus ahí estaba, con sus Skyrs y sus bananos de precios exhorbitantes (10 € por cinco bananos, ¿Bromean?).

Miramos amaneceres a medias. Nos aferramos a la ruta, peleando contra el viento que insistía en hacernos volar.

"-¡Ahí está! Mirala, ahí está. Ahí está Selfjalandfoss " grité al ver cómo la imagen de esa cascada magnánima destrozaba la materia sólida en la que me encuentro encarcelada



Y toda esta impermeabilidad cedió al estado de movimiento. Nos empapamos al vernos minúsculas en este mundo, al escuchar los gritos de la montaña que nos obligaban a volver a nuestro estado original.

































Derritiéndonos con el café del thermo rojo, nos volvimos lo que realmente somos. Eso que somos y que tanto odiamos,

"-Subamos hasta la punta" - Me dijiste.

Y yo aterrada subí por las gradas que se encontraban al lado de Skogafoss, jurándome odiar el no tener conmigo esa impermeabiidad que tanto deseaba en ese momento.

















Pero me prometiste curar mi dolor por no ver el avión abandonado con un plato de pastas y salchichitas, cocinado en con los utensilios de la Guesthouse de Sólheimahjáleiga. De esos que uno utiliza para desempermeabilizarse aunque sea por unas horas.

23 marzo 2017

Día 2 en Islandia– El Círculo Dorado bajo un día tenue (06/11/2016)

Es probable que haya fallado en la organización de este viaje, ya que por todos lados leí que noviembre era el peor mes para visitar este país, y aún así decidí ir en esa época.
Mi problema fue que confié en aquellos comentarios que repetían el dicho islandés: “Si no te gusta el clima de Islandia, espera 5 minutos”.
Juro que esperé. Esperé 5 minutos, 5 horas, pero el clima siguió siendo igual de malo de mañana a noche.

Pero no estaba dispuesta a rendirme. Mi idea era visitar Thingvellir y Geysir sin que nada se interpusiera en mi camino (ni la lluvia…).
Así que después de comernos unas cuantas tostadas y un Skyr cada una, Pame y yo preparamos nuestro thermo rojo (bendito thermo) y armamos los hot dogs para el almuerzo.
Alistamos nuestras camisas, nuestros suéteres de Merinos, nuestras polares y nuestros gruesos  abrigos impermeables, y decidimos entrar al baño hasta que… nos dimos cuenta que el agua caliente de la ducha no funcionaba.

Después de ahogarnos en una crisis de pánico, decidí salir corriendo, bajo la lluvia, a la casa de nuestro host de Airbnb.

El señor, muy amablemente, me contestó que sólo tenía que esperar un momento antes de que el agua caliente saliera.

Nuestra impaciencia es nuestra característica más fuerte…

Vestidas con un look de cebollas (díganme que no se sienten de esa manera después de ponerse todas esas capas de ropa), llevamos nuestra hielera repleta de skyr y hot dogs al auto y emprendimos nuestro viaje hacia el Parque Nacional de Thingvellir.

Google Maps fue realmente el héroe de esta historia, ya que sin su guía, Pame y yo nos habríamos hundido en las arenas movedizas de la ansiedad. Sobre todo, tomando en cuenta que la lluvia no estaría dispuesta a abandonarnos…

No puedo decir que la experiencia en el parque de Thingvellir haya sido muy agradable porque la verdad es que el empaparse los pantalones y luchar con el protector impermeable de mi cámara fueron las actividades principales de mi visita.

Pero sí puedo decir que mis ojos disfrutaron lo que vieron y mi mente imaginó todo tipo de luchas “a lo Game of Thrones” en ese lugar.

Por muy lindas que fueran las cascadas, lo que mi mirada capturó con más emoción fueron esas piedrecitas negras que fueron algún día Europa y América (placas tectónicas, tenemos muchas más cosas en común de lo que se puede creer).






































A diferencia de muchos turistas que se encerraron en el centro de información y pagaron más de 5 €por un café horrible de máquina, Pame y yo preferimos encerrarnos en “Jimmy” y tomar de nuestro café horrible del thermo rojo.

Era de las pocas veces en mi vida que tomaba “café de thermo’ y puedo confesar que quedé sorprendida al tomar el primer sorbo: el café estaba aún hirviendo.
Por otro lado, los hot dogs no fueron nada que cambiara mi vida, pero cumplieron las expectativas para llenar el estómago.

Cuando nuestra ropa terminó de secarse, Pame y yo decidimos seguir con nuestro camino.
A pesar de que eran a penas las 2:00 pm, empezábamos a sentir el inicio de la noche sobre nosotras, y si bien teníamos planeado visitar otras cosas ese mismo día, decidimos detenernos en Geysir.
Geysir es hermoso, pero huele al infierno. A un infierno lleno de excremento.

La lluvia siguió arruinándonos el momento, pero las explosiones y columnas de agua justificaron todas nuestras incomodidades.






Si bien la lluvia no dejó que el día fuera perfecto y las fotos tomadas fueran más patéticas que mis años de escuela, el viaje fue hermoso... hasta el regreso tuvo esa perfección indescriptible que sólo los diferentes tonos nocturnos pueden contarnos.