09 mayo 2016

Dans les rues de Londres...

Mentiría si dijera que Londres era uno de los destinos en mi "lista". En mi adolescencia lo fue, pero lo que hacía que esta ciudad fuera llamativa para mí en aquel entonces es lo que me espantaba en mis años de adulta: la lluvia.

¡Cómo algo que amaba tanto en mi infancia se convirtió en un repelente en mi existencia! Lo que me hacía respirar a lo 14 años es lo que me impedía moverme a los 30.

A pesar de todos mis prejuicios, me dije que rellenar una pieza más del rompecabezas europeo sólo alimentaría mis perspectivas del mundo y que eso no podía ser algo malo en mi vida.

Reservamos un pequeño hotel cerca de Swiss Cottage, a unos cuantos pasos de Abbey Road. El primer día fue un mal auguro: nuestro viaje no podía desarrollarse en un día de excepción, la lluvia nos acompañaría. 


Bajo un cielo gris y algunas gotitas amenazantes, caminamos desde el Parliament House hasta el Regency Café, el cual se encontraba cerrado, impidiéndonos de esta manera tener nuestro tan soñado "English Breakfast".

Nos conformamos con un sandwich de huevo y embutidos de "Prêt-à-manger" (descubriríamos más tarde que esta cadena de restaurantes sería nuestra acompañante). 
Comimos, discutimos y luego de un sorbo de agua, planeamos nuestros pasos hasta Buckingham Palace.

La lluvia me entristecía, me frustraba, pero guardaba la esperanza de sentir algo al ver las ardillitas de St James Park, quienes me esperaban en medio de las flores semi marchitas.

Las disputas y la imagen de estos animalitos me hicieron pensar en Legato, quien se encontraba en casa de Vane ese fin de semana. 
Legato es el único ser en el que podía encontrar cierto refugio. En medio de esa adversidad y odio, era lo que necesitaba para sentirme completa en medio de tantas torres conocidas y desconocidas al mismo tiempo.

Antes de probar y reprobar el plato "típico" de la ciudad, Fish n' Chips (por primera vez en mi vida, odio la comida de un lugar) en Masters Super Fish, me descubrí una nueva adicción: la adquisición de todo tipo de cremas para la cara y el cuerpo, así como bálsamos para labios.

(Los que me conocen, saben que tenía un problema con mis labios: estos se secaban rápidamente y terminaban convirtiéndose en una red de heridas y sangre).

Oxford Street fue mi santuario dentro de esta ciudad. Aún sigo añorando tener dinero ilimitado para poder gastarlo en cosas innecesarias (y de cierta manera necesarias) en ese lugar,

 Al llegar a nuestro hotel, y mientras sufría una terrible indigestión por el Fish n' Chips, pedí al repcionista que me prestara un adaptador eléctrico para cargar mi celular... Necesitaba tener noticias de Legato, y el no saber nada de él no me permitía disfrutar completamente del viaje.

El recepcionista, quien unas horas antes me estaba prestando gratuitamente el adaptador eléctrico, me pedía un depósito de 5 libras para poder prestarme el "chunche" ése.         

Al no tener ni un cinco en efectivo, vi mis esperanzas de saber de Legato desvanecerse frente a mis ojos, hasta que vino mi salvador... un desconocido quien le pidió al recepcionista que me prestara el adaptador, que el respondería por mí en caso de problema.

Confieso que al día siguiente intenté hacer lo que todo turista haría: cruzar el paso de zebra del Abbey Road. No porque me gusten Los Beatles, sino sólo por "vivir la experiencia".

Lo que no medí en ese momento era lo ridículo del acto, así como el deseo de todos los turistas en Londres por converstirse en unos segundo en el famoso grupo de cantantes.

A la primera tormenta de granizos salí corriendo del lugar, buscando el sol en Camden Market y sobre todo en los estantes de comida internacional de Bricklane. 




No fui con muchas expectativas a Londres, pero no puedo decir que no me gustó. La parte consumista del viaje fue lo que más me emocionó y espero poder tener más oportunidades como ésta para visitar y conocer mejor la ciudad...

¿De nuevo este año?


                                                                                                                                   





19 abril 2016

Ma i fior ch'io faccio, Ahimè! non hanno odore




Podría hacer un análisis de los personajes de las arias que estoy trabajando actualmente. Podría hacerlo, es más, debería hacerlo. Debería tratar de comportarme como ellas durante este tiempo: escondiendo los errores cometidos, dándole largas a mis frustraciones por no hacer o ser lo que se espera.

Decía una persona por ahí que pareciera que quiero ser lo que los demás quieren que sea. De cierta manera, lo hacemos todos… Caemos en esos errores que traicionan a nuestras filosofías y pensamientos.

Dicen que Anna Netrebko no “hace lo que se espera” al interpretar a Mimi. No lo interpretó de manera “satisfactoria operáticamente”, dicen. Muy sensual y todos esos asuntos, dejando de lado el amor.

Pero de las que he visto, la interpretación de Netrebko es la que más me gusta. Si bien Mimi es una muchacha dulce y un tanto ingenua, es mujer… es mujer y no es solamente un puñado de flores de papel. Es una mujer que ama, que desea, que a pesar de su enfermedad, trabaja para sobrevivir… Es una muchacha que desea absorber la belleza que se encuentra a su alrededor aún cuando sólo hay banalidades. Es alguien que quiere reproducir esa belleza natural, pero no lo logra y se frustra.

El día de hoy, soy Mimi. Podría incluso hacerme un “Hashtag” para que la gente lo entienda. Interpreto a Mimi porque esa frustración de lograr hacer que algo provocado y aprendido se convierta en algo natural me domina en este instante.

No bordo flores todos los días, pero me esmero en hacer que las notas que salen de mí transmitan lo que se encuentra adentro. Pero no lo logro… No logro que esas notas tengan olor.

Tatiana marcó muchas partes de la partitura y me dio a entender que todavía me falta mucho para que esto sea perfecto y pretenda ser “natural”.

El problema no es el trabajo para lograr que esto sea perfecto… lo es que a pesar del trabajo, no llega a serlo.