07 enero 2015

Conociéndome de nuevo en Ganesha Park


Natasha o el bebé elefante rosado que adquirí como recompensa por mis gritos de niña consentida en el Aurera. "Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña". Los elefantes del zoológico de Chapultepec y las torturas frente al espejo: "Estoy gorda como un elefante".

Desde pequeña, mi vida ha sido marcada por los elefantes, y lo cómico de todo es que a pesar de que estos maravillosos animales estuvieran presentes en mis discursos y en mis pensamientos, tenía un conocimiento casi nulo de ellos.

Es más que evidente que una de las principales motivaciones del viaje a Tailandia era conocerlos. Pero conocerlos realmente. No de la manera en que se conoce a un actor famoso, detrás de las rejas de su propia prisión, sino como hermanos, amigos.

 Y tampoco quería tratarlos como algo inferior, montándome encima de ellos y destruirles su columna, o siendo partícipe del maldito Phajaan (hagan click aquí para saber qué es). 

Yo quería que nuestras almas se encontraran.

Ganesha Park me dio esta oportunidad.
Ganesha Park es la granja de elefantes que un francés adquirió para darle una segunda oportunidad de alegría a algunos elefantitos maltratados de Tailandia.

En realidad es como una casa. Un arca de Noé cuyo destino final fue el Paraíso. En la noche, cuando los elefantes (o elefantas, porque casi todas son elefantas) están comiendo, tenés la oportunidad de acariciar a los gatitos del lugar que se van a dormir sobre tu regazo, o reírte viendo la escena de la mamá perra que ya no aguanta que sus cachorros gigantes quieran seguir tomando de su leche.

Las montañas que se ven a lo lejos separan a Tailandia de Birmania, pero son más que eso: son el Nirvana, que te permite tocar todos los colores del día, besar el agua del lago.


Llegar a Ganesha Park fue toda una aventura. El 25 de diciembre me di cuenta de que había reservado mal el día en que llegaría al lugar. En efecto, en el itinerario que había preparado, la idea era llegar a Kanchanaburi el 26 de diciembre, dormir ahí, y al día siguiente, dirigirme al Ganesha Park. ¡Por suerte, me di cuenta un día antes! Porque si me hubiera dado cuenta el mismo día, todo habría terminado ahí.

El 26 me organicé para arreglar todo de nuevo. Le pedí de favor al dueño de mi Guesthouse en Ayutthaya que me prestara su teléfono para cambiar mi reservación de Kanchanaburi, y repasé todos los pasos para llegar al Ganesha Park.

Un minivan hasta Kanchanaburi... un bus hasta Thon Pha Phum... Bajarnos en la segunda bajada, en frente del 7-Eleven, donde hay taxis colectivos amarillos. En fin...

Después de 2 horas de mini van, llegamos a Kanchanaburi, en donde casi nada estaba escrito en inglés. Decidimos usar la técnica que nos había funcionado hasta el momento: repetir muchas veces el nombre de la ciudad hasta que nos entendieran, y por suerte, esto no dejó de funcionar aquí puesto que la señora nos vendió los boletos del bus VIP hasta esa ciudad. Fue muy amable y paciente con nosotras.

Al llegar al bus traté de abrir la puerta a la fuerza y me convertí en el payaso del momento, haciendo sonreír a unas muchachas tailandesas y a unos turistas alemanes. 

Pame y yo estábamos muy nerviosas porque no teníamos ni idea de dónde teníamos que bajarnos, pero nos dijimos que eso formaba parte de la aventura y que era mejor vivirlo de esa manera.

Primera parada: no.

Segunda parada: letrero de Thong Pha Phum, pero una de las muchachas tailandesas nos dijo que no era ahí.

Tercera parada: las muchachas tailandesas se bajaron y las seguimos.

Éramos las únicas desubicadas en la ciudad. Nadie hablaba inglés y los taxis amarillos no estaban cerca, pero BINGO: el señor que esperaba a las niñas tailandesas conocía el Ganesha Park, y muy amablemente se ofreció a llevarnos hasta allá. 

Las muchachas tailandesas se acercaron a nosotras muy amablemente, y una de ellas nos dijo:

"-¿Quieren venir a almorzar con nosotras?"

Sin pensarlo dos veces, Pame y yo aceptamos. Durante el almuerzo (que consistía en la sopa de tallarines más rica que he probado en mi vida), hablamos de nuestra vida, de Tailandia, de ser profesor, de las frutas, de la belleza del lugar, de nuestros viajes. 
Las muchachas también soñaban con viajar, igual que nosotras.

El señor que esperaba a las muchachas era el dueño de la Guesthouse en la que éstas se hospedaban, y nos llevó hasta nuestro sueño.

"-¿Cuánto le debemos?
-Nada - nos respondió. Pasen un muy buen momento"

Gracias vida por la bondad de los tailandeses.

Al entrar al lugar, percibí de lejos a las elefantas: eran tan pequeñas de lejos, tan bellas y tan lejanas. La escena me invitaba a ser más paciente y a prepararme para la cena de la noche, en la que conviviría con los gatos, Aldo el perro y Wendy la monita bebé. Pero sobre todo, ese día contemplé el atardecer y sus estados de ánimo... La belleza de lo cambiante.

Al día siguiente, me desperté, tomé una ducha (me negué a obedecer la orden de no bañarme ese día), me puse la ropa más fea que encontré y me fui corriendo a buscar a los elefantes.

Iniciamos conociendo a Meeta, una pobre elefanta víctima de maltratos atroces que la dejaron casi ciega. Pusimos muchas bananas dentro de su boca, y acariciamos su lengua, para luego limpiarnos los restos de banana sobre las camisas de los demás.

Después, François (el dueño del lugar) nos invitó a buscar a las otras elefantas, quienes se encontraban en el bosque de en frente.

Las chancletas que andaba ese día me hacían deslizarme, pero me sentía tan motivada que me negué a pensar en mi cansancio en ese momento... Y fui recompensada con esta imagen.


El mahout de la elefantita se preparaba a quitarle su cadena (sepan que la cadena es necesaria, porque sino la elefantita haría muchos desastres y estaría en peligro de que la mataran).

Todos los mahouts del lugar no son como los maltratadores que tienen a los elefantes como un Toyota o algo parecido, ellos crean un vínculo muy fuerte con las elefantitas, las cuidan, les dan de comer, les hablan en las noches para que vuelvan a tener esparanza en la vida, y curan sus heridas... Todas sus heridas.

Algunos humanos se matan y destruyen, y otros sanan heridas profundas y ensangrentadas. La esperanza nace de actos parecidos a éstos.

Nos reunimos pronto con las demás elefantitas del lugar, quienes después de haber pasado una noche comiendo, se prepararon para el viaje hacia el baño de la mañana.


Saltamos, nos sumergimos, nos abrazamos y nos dimos amor entre nosotras. El cuadro que nos rodeaba perfeccionaba el sentimiento de paz que tenía en ese instante, y si en un momento he sido feliz en mi vida, fue en ése...

Es importante saber que los elefantes comen a lo largo del día, así que rápidamente después de que las elefantitas jugaran con nosotras, se fueron a comer con sus mahouts. 

Nosotras aprovechamos también para tomar un refresco. Los franceses hablaban entre ellos. Pame y yo escuchábamos atentamente las recetas de las pociones mágicas de Thalia, que lograba combinar perfectamente olores y sabores.

Con sus estómagos llenos y sus corazones contentos, las elefantitas fueron a buscarnos al lugar donde estábamos. Sanya, el amigo que me había hecho en el lugar y que había creado para mí joyas de hojas de palma, me insistió en que me subiera en Tseng Dao.

Al inicio, tenía miedo, porque no sabía qué pasaría conmigo, y con los chistes de Sanya de que me caería del elefante, no me sentía más segura. Pero después de unas cuantas risas, éste saltó de un elefante a otro y se sentó detrás de mí, asegurándome de que no dejaría que me cayera del elefante.


Le agradezco a Sanya por haberme acompañado en esta aventura, de la que salí herida, pero muy alegre. 

Aunque no lo crean, las elefantitas siguieron comiendo después. Proteínas. Arroz con coco. Hojas de piñas. 

Pame y yo admiramos atentamente como suavizaban estas hojas golpeándolas contra sus patas y masticando con sus dientes ocultos y grandes lo que quedaba.


Amé este momento en Ganesha Park, amé el baño de lodo de la tarde y los últimos momentos de sol en la lanchita. 

Amé la sonrisa de la gente del lugar, la bondad de Sanya, la bondad de todos los animalitos del lugar... Y en este momento, en el que sólo leo dolor, muertes y odio, extraño estar en el Cielo bailando con los elefantes.



¡Hasta pronto, elefantitos!




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