30 diciembre 2014

Compartiendo con los monos en su ciudad: Lopburi


Cuando era pequeña y mi papá me llevaba al zoológico de Chapultepec, cada vez que nos deteniamos en las jaulas de los animales, yo le preguntaba: "Papi, ¿creés que los animales son felices ahí? ¿Creés que los osos polares tienen mucho calor?...". Cada vez que mi papá me explicaba lo cruel que era tener a esos animalitos encerrados de esa manera, sentía una especie de ahogo y culpabilidad.

Tenía la esperanza de que en Lopburi, estos sentimientos no aparecieran, y no me equivoqué. 


La ciudad está poblada en gran parte por los macacos, y los humanos conviven con ellos de la misma manera en que conviven entre ellos mismos. ¡Realmente mágico!

Así que el 24 de diciembre, decidí darme de regalo esta aventura, compré los boletos de tren a 50 bahts (¡más o menos 1 €!) y me largué a Lopburi.

El trayecto de 3 horas fue un poco largo, y con la emoción y los retrasos se sintió como una eternidad, pero aproveché para capturar en mi memoria un poco de este viaje.
Entre las señoras que pasan por los vagones vendiendo comida y los "contrôleurs" simpáticos, no me sentí incómoda en ningún momento. 
Esto fue adornado con paisajes preciosos llenos de sol que desgraciadamente no podré disfrutar más en París (¡Maldito invierno eterno!).



Al llegar a la estación de Lopburi, mi emoción creció, pero no llegó a su máxima expresión hasta que vi los monos correr en medio de las calles. 
Confieso que al inicio, tenía mucho miedo. En efecto, había escuchado historias horrorosas de monos que seguían a la gente, y que mordían a personas indefensas, pero por primera vez en mucho tiempo iba con la mente muy abierta y decidí seguir adelante, diciéndome mí misma que en el peor de los casos me morderían e iría directo al hospital a ponerme la vacuna contra la rabia.



La técnica de acercamiento a animales y a humanos desconocidos que aprendí en Honduras, me sirvió de mucho en esta situación: si no molestás a los monos y respetás de cierta manera su espacio personal, éstos ni te determinan.

Pero yo no quería ver únicamente estar de lejos a estos personajes. Soñaba con poder compartir con ellos, así que me dirigí directamente a Prang Sam Yot, uno de los templos de Lopburi del cual estos muchachos se adueñaron completamente.

Uno de los guardias del templo me ofreció acompañarme durante mi visita (los habitantes de Lopburi saben cómo comportarse con los macacos, así que me sometí a su ayuda), e incluyó en su oferta dos bolsitas de maíz para que se las ofreciera a los monitos.

Fue toda una fiesta loca. Si no tenía un mono encima de la cabeza, lo tenía colgado de la parte trasera de mi camisa. ¡Algunos hasta caminaban encima de mi cabeza! Pero ninguno intentó hacerme daño. Repito, fue un momento loco.




Otra experiencia interesante fue encerrarnos a nosotros mismos dentro del templo y saber por unos minutos cómo se siente estar del otro lado de la jaula (aunque tengo que admitir que toda mi vida me he sentido en esa jaula). Al fin podré responderle exactamente a mi papá lo que se siente estar del otro lado… Sobre todo si ese lado está repleto de ratas voladoras (murciélagos).



Al salir de Prang Sam Yot, le pagué otra bolsita de maíz al señor que me había cuidado y salí directamente hacia la ciudad a seguir compartiendo con los monitos, que no dejaban de hacer piruetas por toda la calle de los puestos de comida.




Nuestro peregrinaje a Lopburi terminó con unas cuantas brochetas de carne y unos jugos de tamarindo deliciosos.

¡Jamás pude haber deseado un mejor regalo de Navidad!

Sueño cumplido… 


No hay comentarios: