16 junio 2014

El fracaso...



El fracaso, el fracaso... No me molestaría poder evitarlo, escaparme de él, no tener que enfrentarlo, pero a veces, debo admitir que es necesario... para estar alerta, para saber que estamos aquí, no allá.
Ayer, algunos elementos me recordaron que el fracaso forma parte de mí, que lo tengo en mí, como todo ser humano, pensante y caminante.
Entre copas de vino y champaña, entre recuerdos de la escuela y de la universidad, me decía que jamás tenía que olvidar, que el subir también significa que la caída será fuerte y se tendrá que ser astuto para volver a subir.

Cuando tenía 12 años, mi tía me inscribió a un concurso de la iglesia a la que asistía en aquel entonces. La esperanza de ella era poder demostrarle al mundo que su sobrina había heredado el don (¿o maldición?) que ella había adquirido... Todo estaba hecho para que tuviera éxito: descubrimiento de mi "talento", confirmación de mi "talento" por el pastor que la descubrió a ella y por último, prácticas, trabajo... mucho trabajo.
Después de 4 minutos de cantar, de haberme perdido en la pista, y de recibir un "No"  como respuesta, me enfrenté a la realidad, aceptando mi destino. Mi primera presentación de canto significó eso: fracaso.
La verdad, creí que dolería más, pero los múltiples fracasos a los que me enfrentaba en aquella época (malas notas, pocos amigos en la escuela, soledad...), amortiguaron el golpe.

Creí que nunca más volvería a cantar... Pero bueno, la historia se conoce muy bien.

A esta presentación de canto fui sin ninguna expectativa puesto a que el pianista y yo jamás habíamos practicado mucho juntos (sí, necesito practicar mil veces hasta que siento que el aria está perfecta). Y bueno, hice bien en poner un poco de realidad en mis ojos porque el aria fue un fracaso... A pesar de los meses de trabajo, del maquillaje, de mi disfraz, de mi intento de actuación.

Este fracaso duele un poco, pero como lo dije anteriormente, lo necesito... Lo necesito para trabajar más, intentarlo más, y aprender... Sobre todo aprender (no lo lean como  un libro de automotivación... porque no lo es).

Las visitas de los Versalleses, de P. de AP. y de todo lo demás puedo tomarlas como una recarga de los amuletos del dolor que cargo conmigo y me ayudan a caminar.


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