23 junio 2014

Diecinueve



Hace 9 años tenía 19 años y era fácil sentarse en una banca y esperar… Esperar la próxima clase, esperar a que algún compañero llegara, esperar a que terminara el año y acercarnos al final de nuestra carrera universitaria, esperar a que todos nuestros proyectos de vida se realizaran…
Siempre estaba sentada frente al aula, esperando a que alguien llegara, con Francia en la cabeza, con mis libros, mis sandalias de tacón deshechas, mis suéteres blancos, ignorando y olvidando lo que me rodeaba en ese momento.

A los 19 años, Nancy se murió y parecía que lo esencial de nuestra vida ya había sucedido. En mi mente la persona en la que me había convertido en ese instante era la persona que iba a ser hasta el final de mis días. Las ambiciones serían las mismas y mis fuerzas se limitarían a lo que eran en aquel entonces. Ni siquiera imaginé que algún día estaría dispuesta a dejar de usar mis sandalias de tacón…
Hace unos días me presenté a un evento de hondureños. Estaba consciente de que me encontraría con muchas personas porque en este tipo de eventos es fácil reencontrarte con tu pasado, y la verdad estaba lista para ello.

Mientras hacía la fila del evento, alguien que no supe identificar, estuvo saludándome y la verdad es que a pesar de su insistencia, no logré jamás recordar quién era.
Al llegar al final de la fila me llamó por mi nombre :

“- Gaby, yo fui tu compañero…”

Mirada de “Trato de recordarte, pero no lo logro”.

“-Soy J….”

Sí, era J.., con unos años de más, con barba, obligaciones, sacos y mucho trabajo.
De repente, regresé 9 años atrás, a esos momentos en los que sentada frente a la clase esperaba… Leyendo algo de Nietzche o de Sartre.

Por lo general, J… llegaba un poco después de mí al aula. Sin obligaciones, con sus jeans y sus camisetas de banda. Acompañado de dos o tres niñas que no sabían por qué siempre estaban persiguiéndolo.

Me saludaba muy alegre, y de vez en cuando hablaba conmigo… De qué temas? Sinceramente, no puedo recordarlo, pero seguramente de alguna clase, de alguno de los trabajos que habíamos hecho juntos o de la salida a Chiminike que habíamos organizado con mis aleras de la universidad.

J… se presentó como un espejo al hablarme. Como alguien desconocido, sin sus bandas, sin sus CDs de Belle et Sébastien y yo, sin mi suéter, sin mis tacones, sin mis lágrimas por confusiones y abandonos…

No soy la misma, no soy más la Gabriela de 19 años que creí que por siempre sería. No tengo más esas ambiciones de convertirme en una mujer exitosa ni intelectual (he llegado al punto de querer únicamente trabajar para vivir.. Para realmente vivir), que ha tomado buses en el desierto, que sueña con ir corriendo detrás de camellos, monos y elefantes. Que recuerda de vez en cuando la imagen de la tipa de 19 años, pero empieza a concretizar los dibujos que pintaría sobre su piel hasta el fin.

El ver a J… me hizo recordar que ya he dado tantas vueltas que no podría reencontrar a la persona que escuchaba Mylène Farmer en su cuarto mientras lloraba.

Me hizo darme cuenta que ya no me importa dejar de darle importancia a las ridiculeces de aquellas personas que me traicionaron… Que puedo reírme en la cara de mis ex compañeras de la escuela y decirles mientras me enseñan el anillo en su dedo (sin ningún tipo de culpabilidad ni envidia): “ Esas cosas a mí no me importan”.

No me importa que la Versallesa me pare la cara para recordarme cómo me golpeó en los peores momentos de mi vida.
No me importa no tener ambiciones profesionales y querer únicamente hacer aquellas cosas que me hagan reír.

Y me pregunto si al igual que yo ya no vi de nuevo al J… con jeans y camisetas de Pink Floyd, ya no veo a la Gabriela de suéteres sucios y sandalias altas.

A veces extraño mis 19 años. Extraño tener todas esas esperanzas... Era muy seria y me gustaba.
Ahora sólo vivo y disfruto... Me siento más satisfecha, pero a veces temo no saber cuáles son las consecuencias de esto.

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