06 junio 2014

Amsterdam...

No fue la primera vez que toqué suelo holandés, y tampoco fue la primera vez que intenté ir a la capital de « la Libertad », como me gusta llamarla…

Cuando estaba en 6to grado, nuestros profesores organizaron un viaje a Francia “para permitirnos tener un primer encuentro” con la segunda cultura que habíamos estado adquiriendo durante nuestra vida escolar.
Debido al corto presupuesto con el que contaban algunos de mis compañeros para realizar este viaje –si, los bingos, y todos esos eventos no dieron ningún tipo de fruto-los profesores decidieron tomar una línea aérea que hacía escala en al menos 3 ciudades diferentes, y una de ellas fue Ámsterdam.
Después de dos viajes fallidos (comprar boletos de tren para no utilizarlos NUNCA es algo satisfactorio…) y muchas pesadillas por no haber comprado las pelotitas de animalitos que quería a los 10 años, pude al fin visitar Ámsterdam…

A los 10 años, en mi cabeza se dibujaban molinos y tulipanes… A los 22, coffee shops llenos de gente marihuaneándose. El día anterior a mi visita,contemplé un cuadro lleno de lluvias, incógnitas y decepciones.
Fui a Ámsterdam con un poco de miedo, imaginando un cuadro de charcos y gente de mal humor… Admito que la llegada a la Estación central de trenes no auguró nada bueno: el cielo estaba completamente nublado y si algo puede ser peor que eso, es darse cuenta que no se tiene un mapa para visitar la ciudad.
Después de negarnos a comprar un mapa por 2€ (Nota: jamás volver a olvidar que en los hoteles te dan una gran variedad de mapas gratis), Pame y yo decidimos utilizar nuestro espíritu aventurero y buscar los monumentos por nuestra cuenta (Mala, idea MUY mala).

Si puedo ser sincera, ese día no logramos encontrar el Museo de Van Gogh a pesar de haber caminado durante horas a lo largo de los canales. Y maldición! El cielo se negaba a ponerse alegre.

Nos sentamos un momento esperando a que las cosas mejoraran, y durante ese silencio encontré un ángulo muy bello de la ciudad. Llegué cargada de muchos prejuicios, insistiendo en que nada podía estar bien si todo estaba oscuro, pero los arbolitos a lo largo de uno de los canales, me demostraron lo equivocada que estaba…




“Démosle una oportunidad a Ámsterdam!”
A pesar del mal humor, la belleza de la ciudad se presentó como un destello de luz. Con sus bicicletitas y sus Coffeshops…

“Ha empezado a iluminarse”

Decepcionadas por no encontrarle sentido al Waking Tour – Southern Canal Belt  propuesto por el Lonely Planet, decidimos realizar el itinerario del centro Medieval. Saltamos desde el Magna Plaza hasta el Dam repleto de Febos. Tomamos fotos de estatuas cuyos personajes no conocíamos (para buscarlos después en Internet y culturizarnos un poco), oliendo en cada esquina el “perfume” que despedían los Coffeeshops.



Puedo parecer hipster, o lo que sea, pero el ambiente “alternativo” de esta ciudad fue bastante de mi gusto (sorpresivamente!), que le fui infiel a París durante este viaje. Fue un pequeño coqueteo, no más.
No fue Ana Frank, lo siento (confieso que no entre a ningún museo. Punto)…



Fue toda esa complejidad contradictoria que encuentro dentro de mi pecho, fue el Homomonument, la cristiandad del Beijinghof, y las peleas y las risas a gritos...






El objetivo principal del viaje era poder visitar los campos de tulipanes que se encontraban en Lisse, en las afueras de Ámsterdam.
Boletos a Keukenhof comprados.
Maldito Keukenhof! Se nos había pasado la fecha de los campos de tulipanes, así que nos vimos obligadas a quedarnos en el jardín de Keukenhof. Repito, Maldito Keukenhof!

No es que me haya parecido feo, pero estoy acostumbrada a Versalles, a Jardines de Luxemburgo, a Bois de Vincennes… Para qué querría visitar otro jardín fabricado más? Y para colmo, las nubes no dejaban de perseguirnos por todos lados.

Tomamos dos o tres fotos del lugar, desarrollé una obsesión por los tomates cerezas, identificamos el lugar en el que estableceríamos nuestra silla de ruedas cuando volviéramos a Keukenhof y nos largamos.




Ámsterdam nos recibió de mejor manera que Lisse… De eso no hay duda. El Sol del atardecer nos guió por todo el barrio de Joordaan y nos invitó a comprar en este café de pinturas y plantas, un pastelito sonriente que guardaríamos discretamente para después (¡La infantil criatura, la inocencia se acabó!).
Si de algo me arrepentí ese día fue de haber ido a Keukenhof, repito… Pero terminé comiendo una croqueta de pollo que saqué de uno de las cajitas del Febo, así que no importó la pérdida de tiempo en ese lugar.





Nuestro último día lo utilizamos para redescubrir a profundidad el Barrio Rojo (digo redescubrir, porque lo habíamos visitado el primer día... De manera muy rápida) y Nieuwmarkt. En el Barrio Rojo encontramos esta pequeña tienda asiática en la que al fin pude encontrar perlas de tapioca.
Este día, Pame y yo decidimos imaginarlo de manera relajada, así que mientras evitábamos que nos atropellaran las bicicletas (De aquí nació mi motivación para entrar al fin a clases de bicicleta), vimos por fuera el Rijksmuseum e insultamos a la gente que se ponia en frente de nuestro lente cada vez que decidía tomarle una foto a Rembrandt en Rembrandtplein...




Todo fue un prólogo perfecto para uno de los recorridos mas importantes: el recorrido de las prostitutas.
Después de haber regresado de mi viaje a Francia en el 97, ví este reportaje sobre el Barrio Rojo en la televisión. Presentaban a mujeres elegantes casi desnudas, ofreciéndose a los pasantes... Mis amigos que habían visitado la ciudad antes que yo rompieron el mito, describiendo a las muchachas como personas feas y exageradas...

Las prostitutas de Ámsterdam son como todas nosotras... Mujeres, simples, fuertes. Con menos ropa, sí, pero nada fuera de lo normal. Lo que sí me pareció cómico fue el gran número de hombres turistas aprovechando a que estaban en Ámsterdam  para ser ridículos.

Ámsterdam fue una experiencia más en mi vida... Y la espera, los boletos de tren rotos, valieron la pena.

Ámsterdam forma parte de mí, ahora...

¿Alguien me acompaña de nuevo a La Tertulia?

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