30 junio 2014

I wanna live like tomorrow doesn't exist...



No sé si todo se deba a que éste es el mes de mi cumpleaños o a que las estrellas finalmente se alinearon y al fin todo parezca mucho más fácil... para dejarse ir, para no pensar, para estar saltando al vacío haciendo cosas cuyo resultado no conocemos y que muchas veces nos asustan.

No puedo describirme como una persona relajada, que vive el día a día. No... Porque la verdad es que soy de esas personas que cargan su pasado soñando e imaginando un futuro en específico. Soy de esas personas que usan su pasado para recordarse que no deben cometerse los mismos errores en el futuro imaginado.

Pero heme aquí hoy, con mi cuarto vasito de plástico lleno de una mezcla maravillosa compuesta de jugo de naranja, tequila y sirope. Mírenme ahora escribiendo el correo electrónico de Easy Sacha  y de Karl Marc para progamar una cita, para hacer realidad sobre mi cuerpo esa creación que me hizo perder aproximadamente 70 € por mi indecisión.

Este extraño Carpe Diem en el que estoy viviendo estos últimos días me tiene viviendo esas emociones intensas, compuestas de cosas efímeras con consecuencias para toda la vida. Amo las emociones extremas, en ellas he aprendido tantas cosas... Pero al mismo tengo miedo, y a veces hasta me siento avergonzada.

Pero bueno, sigamos en este viaje... Escribámosle a Easy Sacha, entreguémonos a la taquicardia.

23 junio 2014

Diecinueve



Hace 9 años tenía 19 años y era fácil sentarse en una banca y esperar… Esperar la próxima clase, esperar a que algún compañero llegara, esperar a que terminara el año y acercarnos al final de nuestra carrera universitaria, esperar a que todos nuestros proyectos de vida se realizaran…
Siempre estaba sentada frente al aula, esperando a que alguien llegara, con Francia en la cabeza, con mis libros, mis sandalias de tacón deshechas, mis suéteres blancos, ignorando y olvidando lo que me rodeaba en ese momento.

A los 19 años, Nancy se murió y parecía que lo esencial de nuestra vida ya había sucedido. En mi mente la persona en la que me había convertido en ese instante era la persona que iba a ser hasta el final de mis días. Las ambiciones serían las mismas y mis fuerzas se limitarían a lo que eran en aquel entonces. Ni siquiera imaginé que algún día estaría dispuesta a dejar de usar mis sandalias de tacón…
Hace unos días me presenté a un evento de hondureños. Estaba consciente de que me encontraría con muchas personas porque en este tipo de eventos es fácil reencontrarte con tu pasado, y la verdad estaba lista para ello.

Mientras hacía la fila del evento, alguien que no supe identificar, estuvo saludándome y la verdad es que a pesar de su insistencia, no logré jamás recordar quién era.
Al llegar al final de la fila me llamó por mi nombre :

“- Gaby, yo fui tu compañero…”

Mirada de “Trato de recordarte, pero no lo logro”.

“-Soy J….”

Sí, era J.., con unos años de más, con barba, obligaciones, sacos y mucho trabajo.
De repente, regresé 9 años atrás, a esos momentos en los que sentada frente a la clase esperaba… Leyendo algo de Nietzche o de Sartre.

Por lo general, J… llegaba un poco después de mí al aula. Sin obligaciones, con sus jeans y sus camisetas de banda. Acompañado de dos o tres niñas que no sabían por qué siempre estaban persiguiéndolo.

Me saludaba muy alegre, y de vez en cuando hablaba conmigo… De qué temas? Sinceramente, no puedo recordarlo, pero seguramente de alguna clase, de alguno de los trabajos que habíamos hecho juntos o de la salida a Chiminike que habíamos organizado con mis aleras de la universidad.

J… se presentó como un espejo al hablarme. Como alguien desconocido, sin sus bandas, sin sus CDs de Belle et Sébastien y yo, sin mi suéter, sin mis tacones, sin mis lágrimas por confusiones y abandonos…

No soy la misma, no soy más la Gabriela de 19 años que creí que por siempre sería. No tengo más esas ambiciones de convertirme en una mujer exitosa ni intelectual (he llegado al punto de querer únicamente trabajar para vivir.. Para realmente vivir), que ha tomado buses en el desierto, que sueña con ir corriendo detrás de camellos, monos y elefantes. Que recuerda de vez en cuando la imagen de la tipa de 19 años, pero empieza a concretizar los dibujos que pintaría sobre su piel hasta el fin.

El ver a J… me hizo recordar que ya he dado tantas vueltas que no podría reencontrar a la persona que escuchaba Mylène Farmer en su cuarto mientras lloraba.

Me hizo darme cuenta que ya no me importa dejar de darle importancia a las ridiculeces de aquellas personas que me traicionaron… Que puedo reírme en la cara de mis ex compañeras de la escuela y decirles mientras me enseñan el anillo en su dedo (sin ningún tipo de culpabilidad ni envidia): “ Esas cosas a mí no me importan”.

No me importa que la Versallesa me pare la cara para recordarme cómo me golpeó en los peores momentos de mi vida.
No me importa no tener ambiciones profesionales y querer únicamente hacer aquellas cosas que me hagan reír.

Y me pregunto si al igual que yo ya no vi de nuevo al J… con jeans y camisetas de Pink Floyd, ya no veo a la Gabriela de suéteres sucios y sandalias altas.

A veces extraño mis 19 años. Extraño tener todas esas esperanzas... Era muy seria y me gustaba.
Ahora sólo vivo y disfruto... Me siento más satisfecha, pero a veces temo no saber cuáles son las consecuencias de esto.

16 junio 2014

El fracaso...



El fracaso, el fracaso... No me molestaría poder evitarlo, escaparme de él, no tener que enfrentarlo, pero a veces, debo admitir que es necesario... para estar alerta, para saber que estamos aquí, no allá.
Ayer, algunos elementos me recordaron que el fracaso forma parte de mí, que lo tengo en mí, como todo ser humano, pensante y caminante.
Entre copas de vino y champaña, entre recuerdos de la escuela y de la universidad, me decía que jamás tenía que olvidar, que el subir también significa que la caída será fuerte y se tendrá que ser astuto para volver a subir.

Cuando tenía 12 años, mi tía me inscribió a un concurso de la iglesia a la que asistía en aquel entonces. La esperanza de ella era poder demostrarle al mundo que su sobrina había heredado el don (¿o maldición?) que ella había adquirido... Todo estaba hecho para que tuviera éxito: descubrimiento de mi "talento", confirmación de mi "talento" por el pastor que la descubrió a ella y por último, prácticas, trabajo... mucho trabajo.
Después de 4 minutos de cantar, de haberme perdido en la pista, y de recibir un "No"  como respuesta, me enfrenté a la realidad, aceptando mi destino. Mi primera presentación de canto significó eso: fracaso.
La verdad, creí que dolería más, pero los múltiples fracasos a los que me enfrentaba en aquella época (malas notas, pocos amigos en la escuela, soledad...), amortiguaron el golpe.

Creí que nunca más volvería a cantar... Pero bueno, la historia se conoce muy bien.

A esta presentación de canto fui sin ninguna expectativa puesto a que el pianista y yo jamás habíamos practicado mucho juntos (sí, necesito practicar mil veces hasta que siento que el aria está perfecta). Y bueno, hice bien en poner un poco de realidad en mis ojos porque el aria fue un fracaso... A pesar de los meses de trabajo, del maquillaje, de mi disfraz, de mi intento de actuación.

Este fracaso duele un poco, pero como lo dije anteriormente, lo necesito... Lo necesito para trabajar más, intentarlo más, y aprender... Sobre todo aprender (no lo lean como  un libro de automotivación... porque no lo es).

Las visitas de los Versalleses, de P. de AP. y de todo lo demás puedo tomarlas como una recarga de los amuletos del dolor que cargo conmigo y me ayudan a caminar.


06 junio 2014

Amsterdam...

No fue la primera vez que toqué suelo holandés, y tampoco fue la primera vez que intenté ir a la capital de « la Libertad », como me gusta llamarla…

Cuando estaba en 6to grado, nuestros profesores organizaron un viaje a Francia “para permitirnos tener un primer encuentro” con la segunda cultura que habíamos estado adquiriendo durante nuestra vida escolar.
Debido al corto presupuesto con el que contaban algunos de mis compañeros para realizar este viaje –si, los bingos, y todos esos eventos no dieron ningún tipo de fruto-los profesores decidieron tomar una línea aérea que hacía escala en al menos 3 ciudades diferentes, y una de ellas fue Ámsterdam.
Después de dos viajes fallidos (comprar boletos de tren para no utilizarlos NUNCA es algo satisfactorio…) y muchas pesadillas por no haber comprado las pelotitas de animalitos que quería a los 10 años, pude al fin visitar Ámsterdam…

A los 10 años, en mi cabeza se dibujaban molinos y tulipanes… A los 22, coffee shops llenos de gente marihuaneándose. El día anterior a mi visita,contemplé un cuadro lleno de lluvias, incógnitas y decepciones.
Fui a Ámsterdam con un poco de miedo, imaginando un cuadro de charcos y gente de mal humor… Admito que la llegada a la Estación central de trenes no auguró nada bueno: el cielo estaba completamente nublado y si algo puede ser peor que eso, es darse cuenta que no se tiene un mapa para visitar la ciudad.
Después de negarnos a comprar un mapa por 2€ (Nota: jamás volver a olvidar que en los hoteles te dan una gran variedad de mapas gratis), Pame y yo decidimos utilizar nuestro espíritu aventurero y buscar los monumentos por nuestra cuenta (Mala, idea MUY mala).

Si puedo ser sincera, ese día no logramos encontrar el Museo de Van Gogh a pesar de haber caminado durante horas a lo largo de los canales. Y maldición! El cielo se negaba a ponerse alegre.

Nos sentamos un momento esperando a que las cosas mejoraran, y durante ese silencio encontré un ángulo muy bello de la ciudad. Llegué cargada de muchos prejuicios, insistiendo en que nada podía estar bien si todo estaba oscuro, pero los arbolitos a lo largo de uno de los canales, me demostraron lo equivocada que estaba…




“Démosle una oportunidad a Ámsterdam!”
A pesar del mal humor, la belleza de la ciudad se presentó como un destello de luz. Con sus bicicletitas y sus Coffeshops…

“Ha empezado a iluminarse”

Decepcionadas por no encontrarle sentido al Waking Tour – Southern Canal Belt  propuesto por el Lonely Planet, decidimos realizar el itinerario del centro Medieval. Saltamos desde el Magna Plaza hasta el Dam repleto de Febos. Tomamos fotos de estatuas cuyos personajes no conocíamos (para buscarlos después en Internet y culturizarnos un poco), oliendo en cada esquina el “perfume” que despedían los Coffeeshops.



Puedo parecer hipster, o lo que sea, pero el ambiente “alternativo” de esta ciudad fue bastante de mi gusto (sorpresivamente!), que le fui infiel a París durante este viaje. Fue un pequeño coqueteo, no más.
No fue Ana Frank, lo siento (confieso que no entre a ningún museo. Punto)…



Fue toda esa complejidad contradictoria que encuentro dentro de mi pecho, fue el Homomonument, la cristiandad del Beijinghof, y las peleas y las risas a gritos...






El objetivo principal del viaje era poder visitar los campos de tulipanes que se encontraban en Lisse, en las afueras de Ámsterdam.
Boletos a Keukenhof comprados.
Maldito Keukenhof! Se nos había pasado la fecha de los campos de tulipanes, así que nos vimos obligadas a quedarnos en el jardín de Keukenhof. Repito, Maldito Keukenhof!

No es que me haya parecido feo, pero estoy acostumbrada a Versalles, a Jardines de Luxemburgo, a Bois de Vincennes… Para qué querría visitar otro jardín fabricado más? Y para colmo, las nubes no dejaban de perseguirnos por todos lados.

Tomamos dos o tres fotos del lugar, desarrollé una obsesión por los tomates cerezas, identificamos el lugar en el que estableceríamos nuestra silla de ruedas cuando volviéramos a Keukenhof y nos largamos.




Ámsterdam nos recibió de mejor manera que Lisse… De eso no hay duda. El Sol del atardecer nos guió por todo el barrio de Joordaan y nos invitó a comprar en este café de pinturas y plantas, un pastelito sonriente que guardaríamos discretamente para después (¡La infantil criatura, la inocencia se acabó!).
Si de algo me arrepentí ese día fue de haber ido a Keukenhof, repito… Pero terminé comiendo una croqueta de pollo que saqué de uno de las cajitas del Febo, así que no importó la pérdida de tiempo en ese lugar.





Nuestro último día lo utilizamos para redescubrir a profundidad el Barrio Rojo (digo redescubrir, porque lo habíamos visitado el primer día... De manera muy rápida) y Nieuwmarkt. En el Barrio Rojo encontramos esta pequeña tienda asiática en la que al fin pude encontrar perlas de tapioca.
Este día, Pame y yo decidimos imaginarlo de manera relajada, así que mientras evitábamos que nos atropellaran las bicicletas (De aquí nació mi motivación para entrar al fin a clases de bicicleta), vimos por fuera el Rijksmuseum e insultamos a la gente que se ponia en frente de nuestro lente cada vez que decidía tomarle una foto a Rembrandt en Rembrandtplein...




Todo fue un prólogo perfecto para uno de los recorridos mas importantes: el recorrido de las prostitutas.
Después de haber regresado de mi viaje a Francia en el 97, ví este reportaje sobre el Barrio Rojo en la televisión. Presentaban a mujeres elegantes casi desnudas, ofreciéndose a los pasantes... Mis amigos que habían visitado la ciudad antes que yo rompieron el mito, describiendo a las muchachas como personas feas y exageradas...

Las prostitutas de Ámsterdam son como todas nosotras... Mujeres, simples, fuertes. Con menos ropa, sí, pero nada fuera de lo normal. Lo que sí me pareció cómico fue el gran número de hombres turistas aprovechando a que estaban en Ámsterdam  para ser ridículos.

Ámsterdam fue una experiencia más en mi vida... Y la espera, los boletos de tren rotos, valieron la pena.

Ámsterdam forma parte de mí, ahora...

¿Alguien me acompaña de nuevo a La Tertulia?

04 junio 2014

Béatrice...

“Duele pensar que vamos delante de este cuerpo, pero que la delantera es ya error y rémora y probable inutilidad, porque estas uñas, este ombligo,
quiero decir otra cosa, casi inasible: que el "alma" (mi yo-no-uñas) es el alma de un cuerpo que no existe. El alma empujo quiza al hombre en su evolucion corporal, pero esta cansada de tironear y sigue sola adelante. Apenas da dos pasos se rompe el alma ay porque su verdadero cuerpo no existe y la deja caer plaf.”


Hace unos días, entrando por la puerta principal del edificio de mi trabajo, vi de casualidad mi reflejo sobre la puerta de vidrio. Vi una persona de lo mas normal: pequeña, pelo ondulado, tez morena… Me costó reconocerme sobre esa superficie, era como si esa presencia que percibí durante unos segundos fuera algo completamente desconocido.

He crecido con este cuerpo, lo he alimentado, lo he dañado, lo he curado… He hecho todo con él, he sido él, pero en ese momento, no era yo. Era algo más… Era una de esas apariciones con las que convivo cada día en mi trabajo, en mis clases de música, en mi escuela de bicicleta, en el gimnasio, y hasta en mi misma casa.

Ese cuerpo no era yo… no soy yo…

¿Por qué? Simplemente porque en este momento soy un cielo de contradicciones, un océano de preguntas. Mi mente danza en el salón de las ilusiones… Y ya no se adonde me dirijo. Porque si de algo estoy segura es que estas ilusiones no están hechas para hacerse realidad. Pero mi alma las vive, las disfruta, las sufre… Dentro de mí, pero también fuera de mí. Con un cuerpo diferente que no es mío, pero con el cual camino.
Entonces sólo me queda dejar que mi alma y mi cuerpo sean dos, que vivan dos vidas diferentes: una en la que el cuerpo hace lo que tiene que hacer, y otra en la que el alma vive lo que tiene que vivir.

Pero el alma no tiene nada con que protegerse si no tiene esa “armadura” real… Entonces se golpea, y sufre, odiando al cuerpo por no dejarla avanzar más lejos, por no permitirle fusionarse con la esencia de lo intangible.
Béatrice…

03 junio 2014

La Dolce Vita...

Roma… Para muchos, la cuna de un imperio muerto, para otros la base de la religión católica, así como muchas otras cosas.
En lo personal, fui a Roma un poco a regañadientes ese 5 de septiembre del 2013. Mis colegas me habían hablado muy mal de esta ciudad, describiéndola como una “Ciudad Museo” y sin vida en la cual me aburriría muy rápido. Pero Pame soñaba con visitar este lugar, e insistió en que fuéramos aunque sea para visitar las ruinas.
Me alegra mucho que Pame haya insistido, porque de no haber sido por ella, jamás habría conocido esta ciudad.
La verdad, la ciudad me sorprendió: por una parte tenia el estereotipo de “la capital italiana”, pero por el otro, estaban esas pequeñas cosas que la hacían difierente a las demás capitales del mundo. Era realmente toda contradicción...


Comenzamos con un lugar no muy presentado por las películas y otros: el jardín de la Villa Borghese. Nuestro Lonely Planet nos había hablado sobre una vista fabulosa de la ciudad desde este punto. Desde ahí, Pame y yo tratamos de identificar los diferentes lugares en los que nos perderíamos: Fontana de Trevi, La Piazza di Spagna, La Piazza Navona etc., en vano, claro(como lo sabrán, no soy una persona de museos-aunque no estoy en contra de visitar algunos-asi que mis expectativas se dirigían especialmente a aquellos lugares en donde se encontrara la mayor libertad y vida)…
Lo primero que me sorprendio de la ciudad: la dificultad de visitarla a pie. El sol estaba muy intenso, y las calles hechas de piedra no tenían piedad de mis pobres tobillos. Asi que comencé la visita con mucho miedo… Pensando que la inmensidad de la ciudad la desfavorecería al lado de Venecia.
La Piazza di Spagna y su fuente de pez me refrescó por un momento. Está bien, confieso que estaba llena de turistas, pero eso no la hacía menos fascinante.


Empecé a escuchar las primeras notas de la canción de Zazie camino a la Fontana de Trevi, prediciendo de esta manera el sentimiento agri-dulce que dominaría una parte de este viaje.
La Fontana de Trevi se presento  de repente, inspirándome sentimientos a lo Fellini (claro que si tuve ganas de tirarme dentro del agua… pero desgraciadamente, estaba llena de gente).
Mientras tomaba fotos, Pame reía al ver que dirigía mi lente hacia personas desconocidas… (Soy una stalker natural, que puedo hacer?)



A la mitad del camino, Pame y yo morimos: el calor y el hambre eran insoportables, los turistas ahogaban, las piedras seguían destrozando mis tobillos. Así que nos detuvimos a comer un calzone no muy bueno y a criticar a los franceses que estaban cerca de nosotras (¡por favor, viajar no es viajar si no podemos criticar a la gente del lugar del que venimos!).
Seguimos nuestra caminata, a lo largo de la cual descubrimos al Panteón con su cúpula solar y la Piazza Navona… Con sus pinturas, con sus extremos y con sus colores.





Todo católico y amante del arte hace al menos una vez en su vida un peregrinaje al Vaticano… Al no ser ni amante del arte (me gustan las pinturas, la música, etc. Pero odio esa estúpida etiqueta que muchos se atribuyen… ¿Me parece que asesina al arte?) ni católica, visite el lugar con la hora de almuerzo en mente.
Voy a ser sincera: El Génesis de Miguel Ángel estaba bien, pero imaginaba algo mas mágnifico. El hecho de que tuviera a un guardia detrás de mi durante la visita no mejoro para nada las cosas. Por otro lado, sí me pareció bonita la Iglesia de San Pedro, pero la verdad, el lugar no me inspiró ningún tipo de sentimiento. Empiezo a escuchar las etiquetas: inculta, hereje, insensible…



 Aunque pudiera parecerlo, mi visita al Vaticano no me dejó indiferente. A unas cuadras del lugar encontré una de las pequeñas joyas de la ciudad: Dino e Toni.
Era una Trattoria común, a diferencia de que estaba llena de romanos (y no de turistas), y la gente gritaba por todos lados.
El mesero (que jugaba muchos papeles en el restaurante: mesero, gerente,...), me dió un menú y empezó a hablarme en italiano. Tenemos suerte de que nuestras lenguas sean muy parecidas, sino no sé cómo se habría dado la comunicación…
“Antipasti”
Al leer la palabra, imaginé que seria como los antipasti mediocres de todos los demás restaurantes visitados, asi que lo pedí sin muchas expectativas
Al ver el primer plato, mis ojos brillaron: croquetas de papa recién hechas y jamones frescos.
Un segundo plato llegó, lo cual sorprendió, debido a que nunca pedimos el plato en cuestión.
“Scuzi, me non pedir ese plato” – mi italiano inventado.
El mesero me insistía, gritando “Antipasti” y señalándome la palabra en el menú… Sí, señoras y señores, el segundo plato TAMBIÉN formaba parte de la orden.
Pame y yo nos preocupamos ya que habíamos pedido una orden de pastas para mí y una pizza gigante para ella… Pero por favor, ¿cuándo podríamos volver a comer en Dino e Toni? Mejor arrepentirse por estallar de gordas a dejar algo de este mágico, maravilloso y brillante banquete.
Me gustaría decir que en ese día, la mañana duró hasta el final, pero las cosas empezaron a “atardecerse” hasta terminar en una noche oscura.

Después de darnos una ducha en el hotel, Pame y yo tomamos el bus que nos llevaría hasta Trastevere. Dentro de éste, nos encontramos a un muchacho cuyo semblante no nos inspiró confianza. Con mi sonrisa característica, me acerque a él para preguntarle si estábamos tomando el bus correcto… Él, sin ningún tipo de expresión, me contesto fríamente: “sí”.
Pame estaba muy asustada, el muchacho no le inspiraba confianza, pero yo no estaba dispuesta a arruinar mi visita por eso.
Trastevere es el “Otro yo” de Roma… Una especie de pueblito dentro de la gran ciudad. Algo asi como Montmartre en París. Me emocioné capturando la calidez del atardecer, pero este empezó a establecerse de manera permanente…
Lloré a lo largo de Trastevere y rompí mis sueños de sentarme a tomar un jugo de naranja en una de las terrazas. Al terminar mi ebridad de pasos, escuché un silbido a lo lejos: era el muchacho del bus, vestido de mesero, llamándome y sonriéndome.
“Hola! Hola!”




No pude sonreírle esta vez… Le devolví el saludo y me fui. Llorando, siempre llorando. Tomé las calles principales de Roma, contemplé un largo rato las ruinas, pensé… Tome ilegalmente un bus (sin pagar), anocheció… Me quede sola, de todas las maneras existentes… Sola, con mi cámara y pensando en todo lo que no soy y soy. El volumen de la cancion de Zazie se intensificó hasta convertirse en un grito inaudible dentro de mi pecho.




Día 3 - aquellos amigos que ya habian visitado Roma me aconsejaron que llegara temprano al Coliseo para aprovechar el lugar despues de la larga fila de 2 horas. A pesar de que la busqué, nunca encontré la fila en cuestión... En efecto, entré muy rápidamente al Coliseo, pero (siempre hay un pero) lo que nunca preví fue la insolación... Adorada insolación, insolación asesina... Después de 2 horas en el Coliseo y 2 horas en el Palatino, descubrí todas las caras de este estado. El proceso empezó bajo la sombra, caminó por medio de los pasajes sin sombra del lugar y terminó con una foto de Pame y yo frente al Coliseo, tomada por una amable señora italiana que no tenía ni la mas mínima idea de cómo usar la cámara. La mañana me torturó... El sol me vomitó.





En fin. Toda insolación fue recompensada con un delicioso helado de Giolitti... Toda mala experiencia merece un helado con Panna Cotta de esta heladería.

Bendita seas Roma... Benditos tus antipastis y tus helados... Y tus días de insolación.