28 junio 2018

Descontrucción



Es curioso cómo cuando decidís tomar el camino del “aislamiento”, empezás a acostumbrarte a sus trazos, a su belleza, a su poder…

Desde pequeño te enseñan a vivir en convivencia, a saludar, a sonreír aún cuando no tenés el deseo de hacerlo, a no decir lo que pensás por temor a “ofender” a alguien…
Te culpabilizás por haberte expresado en el momento no debido. Te imponés reglas, códigos, adoptás “objetivos” que no son tuyos.

Creás tantas personas, que aún Jung tendría dificultad en reunirlas para analizarte.
Y ahí estás, parado o sentado en un punto específico, viendo a lo lejos esa naturaleza salvaje que te han arrebatado. Sabés inalcanzable esos deseos puros que tenías, y sólo tenés recuerdos vagos de ese baile que tus compañeros de clases asesinaron.

Podría decir que esos son los sacrificios que el vivir en sociedad implican y que el poder controlarlos está en la capacidad de cualquier ser humano, el problema es cuando empezás a constatar que hasta los sentidos básicos estás perdiendo: el gusto – toda la comida tiene sabor a arena -, el olfato – los olores ya no existen-, la vista – tus ojos pasan cerrados intentando darse un descanso de la vida-, y a veces, hasta el oído – los sonidos te parecen sin sentido.

Tomar lo único que queda y cortar poco a poco los lazos, puede ser considerado como un atentado hacia la soledad?
 Pero necesitás salvarte. Necesitás conservar esas pequeñas cosas que aún tenés. Es mejor ver desaparecer a cada uno de “ellos”, que seguir luchando para estar en un lugar en el que NO QUERES ESTAR.

26 diciembre 2017

Summertime sadness

Recordarte es como sentir de nuevo los rayos de sol sobre mi piel, esos mismos que al hacerme increíblemente feliz, me lastiman hasta lo más hondo de mi ser.
Quizás nuestra relación siempre fue así. Quizás siempre nos chacheteábamos después de morirnos de la risa. Siempre nos buscábamos después de gritarnos por teléfono.

Siempre nos regalamos “Bon o bons” de chocolate blanco mientras llorábamos por la mirada indiferente de nuestra juventud.

Recuerdo que tu papá  me llamó por teléfono y me dijo: “Su relación ya no es sana. Deberías considerar alejarte un tiempo”.

¿Creés realmente que algún día haya sido sana? ¿Tomé la mejor decisión al escucharlos a todos en ese momento?

Te veo feliz, acompañada, exitosa, rodeada por toda esa gente y me tranquilizo a mí misma diciéndome que sí fue lo mejor que pude hacer, que desaparecer era lo necesario en nuestra historia.

¿Pero entonces podés explicarme por qué no estoy totalmente en paz? ¿Por qué caen lágrimas sobre este pecho deshecho? ¿Por qué tengo esta terrible sospecha de que no estás bien? ¿Por qué pienso que tu abrazo, la última vez que nos vimos, fue un adiós definitivo?

Hace unos años, me convencí de que el conformareme con verte únicamente durante los veranos sería suficiente para consolarme. Pero cuando nos separábamos, regresaba destrozada a París, esperando el próximo año para estar cerca de nuevo. Usé toda mi energía para esquivar los miedos y crear escenarios en los que podríamos comer “panes locos” y dibujar sobre nuestras manos.

El problema es que la energía se termina y la autodestrucción empieza a apoderarse de todo: de vos, de mí, de nuestros actos, de nuestro vínculo.

Te amo. Creo que desde que nos vimos por primera vez lo has sabido.

02 noviembre 2017

Los venaditos de Nara

Recuerdo que cuando era niña, tenía esta concepción de que los animales y la naturaleza en general eran algo inalcanzable, parecido a un tesoro cuyo valor excedía el de cualquier otra cosa. Mis papás tenían que pasar horas consolándome porque el ver un poco de humo en la montaña, ver un perrito en la calle, o que me dijeran que nunca iba a tener la posibilidad de conocer a algún animal, me provocaban esos berrinches que tan poco ellos soportaban.

En mi adolescencia, las cosas cambiaron: empecé a obsesionarme con los humanos, en querer ser aceptada por ellos. Pasaba horas escribiendo “chismógrafos” para estar segura de que X o Y me consideraban su amiga.

Aún cuando vine a vivirme a Francia, me sentía atormentada al pensar que no tenía amigos, que el estar sola era mi castigo por mi forma de ser.

Pero un día llegó Aston - el perrito de un amigo de Pame – y las cosas empezaron a cambiar en mi manera de pensar. El cariño desinteresado que éste me dio y las cosas que éste me enseñó me hicieron recordar que para tener magia no necesitaba buscar a mis congéneres, que ésta ya no se encontraba en esa masa de seres aburridos.

Y así fui buscando de nuevo mi “alegría” con otros seres vivientes. Insistí en convivir con ellos, en sus hogares, en sus ciudades.

Los monos de Lopburi. Los elefantes de Kanchanaburi. Los venados de Nara.

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26 octubre 2017

Cherry blossom girl moment

Uno de mis grandes sueños, antes de ir a Japón, era experimentar, al menos por un día, lo que era una vida dentro de un kimono. ¿Y qué mejor momento que mi viaje a Kyoto, durante la temporada de cerezos en flor?
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23 octubre 2017

Train à Kyoto

Después de una semana llena de “altos” y “altos” (mi excitación “tokyoita” no va a terminarse pronto… hasta el día de hoy tengo esa extraña y enferma necesidad de regresar), decidimos empacar nuestras cosas y tomar el Shinkansen a Kyoto.
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12 octubre 2017

Cuando Odaiba te decepciona, pero Ginza y Shibuya salvan el viaje

Interrumpí mi relato japonés para llenar mi blog de un mar de estrés y depresión, pero tomando en cuenta que el origen de mis tristezas ya ha sido eliminado (hasta que venga otro), seguiré con mi cuentito japonés.
Los últimos días de mi semana “Tokyota” se caracterizaron por darme la oportunidad de hacer cosas y al mismo tiempo no hacer nada.
Mi buen humor crecía, al mismo tiempo que las flores de cerezo, y el jet lag había desaparecido completamente, permitiéndome al fin aprovechar de mi soñado viaje.
Hablando de sueños, uno de los más grandes que tenía al ir a Tokyo era conocer en persona la estatua gigante de Gundam, ésa que se encuentra en Odaiba. No porque sea gran fanática Gundam, pero cuando me dijeron que era una estatua que echaba humo y todas esas cosas, mi geek interno no pudo retenerse.
Así que atravesamos Tokyo entero para llegar a Odaiba, nos tomamos fotografías en el lugar, hablamos felizmente con una francesa y reímos durante muchos minutos.
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HASTA…

29 septiembre 2017

Forget about it...



Cualquiera diría que ya no tengo la edad para este tipo de dramas, que el vivir en un estado de “fatalidad eterna” es para niñas “emo” de 15 años y no para señoras de más de 30. Y sinceramente, aunque no quiera aceptarlo, debo decir que estoy completamente de acuerdo, que ya no tengo ni tiempo ni energía para todo esto.

No sé cómo llegué a esto. No sé si fue mi depresión post-viaje a Japón o si simplemente dejé que todas mis inseguridades, ésas que llevo cargando sobre mis hombros durante más de 31 años, fueran las que quebraran mi espíritu de nuevo. Lo que sí sé es que después de mi viaje a Japón, empecé a hundirme en una tristeza y en un cansancio inexplicables.